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El misterioso destino del tesoro de los franciscanos


Maracaibo, como toda ciudad americana, de origen colonial, tiene sus fantasmas y posee sus «entierros», consejas y leyendas de tesoros escondido y «muertos» penitentes de lejana tradición. Tenemos los que la heroica y prolífica fantasía popular ha urdido alrededor del subterráneo que se iniciaba debajo del primer descanso de la única escalera que conducía al segundo piso, en el viejo, demolido edificio, del Convento de los Franciscanos, de nuestra ciudad.

Maracaibo, Zulia, Venezuela, 25 de marzo de 2017 (D58).- Refiere Fernando Guerrero Matheus, en sus crónicas «En la Ciudad y el Tiempo», que este edificio sirvió primero de residencia conventual de la comunidad franciscana, luego pasó a ser sede del histórico Colegio Nacional; hacia 1891 fue asiento de la primera Universidad del Zulia; más tarde, otra vez, Colegio Nacional; un poco más adelante residencia del Liceo Baralt y, finalmente, Casa del Obrero, es decir, residencia de buen número de organismos sindicales zulianos hasta que fue demolido en 1956.

La existencia del subterráneo del Convento fue constatada por cuantos lo desearon, pero solo en lo que se refiere a sus aspectos superficiales, porque nadie se atrevió a recorrerlo en toda su extensión.

Las miasmas y gases del etéreo acumulados en el socavón y especialmente los fangales de insospechada profundidad, formados por desechos y seculares filtraciones de agua como que esa zona del Convento formaba parte, le fue ganada al litoral lacustre.

En opinión de algunos este subterráneo formó parte de la red de defensas de la ciudad o del poblado, contra las frecuentes incursiones de piratas, bucaneros y corsarios, con o sin patente. Se cree que servía de escondrijo a los frailes para los momentos de apuro y que tenía puertas de escape abiertas hacia distintas y distantes direcciones. Pero nada de esto logró comprobarse.

Leyenda o especulación

Sin embargo, en boca del pueblo estuvo por muchos años la leyenda del entierro de los frailes. Luego de la Capitulación de Francisco Tomás Morales, los Frailes resolvieron enterrar el tesoro, considerado por algunos cronistas coloniales «como inmenso», en la residencia de una señora de apellido Tinedo, gran devota de San Francisco de Asís, amiga de toda lealtad y confianza de los frailes; prima de Fray Liborio Chacín, predicador conventual, llamado en sus tiempos «lengua de oro»; y, familiar muy allegado de Fray José Antonio Tinedo, de reverenciada memoria y prestigio de su Convento, en muy lejanas y mejores época.

«La señora Tinedo vivía en casa propia, cómoda y notable, por ser de tejas entre varias de enea que formaba la última cuadra de la que es hoy Calle Independencia. Esa casa comunicaba por una “puerta de agua”, con el Callejón La Limeta, que era la prolongación de la Calle Nueva Zamora, hasta encontrarse con la Calle de El Jabón, o sea, la Calle Ayacucho. Componían el susodicho callejón, unas miserables casuchas, habitada por gente soez y de malas costumbres. El nombre de Callejón de La Limeta le había sido dado en recuerdo de un crimen allí cometido y en el cual el arma había sido una lima ancha, de cortantes estrías y afilada punta, finalmente Gobierno y Policía de la época, cansados de las frecuentes y sangrientas tánganas que tenía por escenario a La Limeta, decretaron la clausura del famoso callejón. Entonces, se le dio el nombre de El Tapón a la cuadra próxima».

Los Franciscanos enterraron su tesoro en la residencia de la devota e insospechable señora Tinedo y se marcharon, quedando en la Vicaría de Maracaibo solo cuatro frailes, entre estos Fray José María Alvarado, quien terminó por secularizarse.

Otra fatal circunstancia se sumó al desastre de los frailes: la muerte de la señora Tinedo; la venta de la casa donde habían enterrado el tesoro, la total demolición del inmueble y la construcción de un nuevo edificio.

Cuenta la historia y la vieja tradición oral maracaibera, que el comprador, demoledor y nuevo constructor de la antigua residencia de la señora Tinedo, cuyo nombre no se registra o no se conoce, se «sacó» «el tesoro de los frailes» y lo vivió y gozó con gran discreción y comedimiento, hasta que Dios tuvo a bien llevárselo de este mundo.

Así desapareció este tesoro, penosamente acumulado durante cerca de 300 años por los lejanos y desolados franciscanos, sobre base de ahorros, privaciones, primicias y diezmos; dotación de misas, obras pías, obvenciones de misas cantadas de devoción, entre otros.

Otras versiones relacionada con el «Entierro de los Frailes» aseguraban que éstos, por motivo de la disolución de la Orden y de la confiscación de sus bienes, precavidos y temerosos, escondieron el tesoro en algún sitio del subterráneo del Convento, sólo de ellos conocido. Fijaron señales de complicada concepción, cómo ésta encontrada dentro de un libro del Convento de San Francisco: 48 PS Norte 7 – 19 Varillas. Resto Márquese en cruz hasta el cuadrado de mármol 999 – X 21 0 x 0 Hay cinco formas consagradas mirando el Norte M K 6 y 3 11.

Redacción y fuente: María Luisa González/Prensa Secretaría de Cultura
Edición: Villasmil, Henry
Fotos: Archivo

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