Opinión-Editorial

«Supéralo, perdónanos y vente»: la orden que desnuda al verdugo

Por Elizabeth Sánchez Vegas

Cuando uno lee por primera vez la frase que Jorge Rodríguez lanzó al viento con la misma desenvoltura con que un carnicero afila su cuchillo, el estómago se contrae antes incluso de que la mente termine de procesarla: «Supéralo, perdónanos y vente». No es un desliz. Es el vómito retórico de un verdugo que se cree poeta de la reconciliación. Es una declaración de principios, un manifiesto destilado en siete palabras que revela, con una claridad casi obscena, el alma putrefacta de un régimen que ha convertido la humillación en política de Estado.

Jorge Rodríguez, ese rostro cuidadosamente acicalado que encarna la continuidad del proyecto chavista, se dirige a más de ocho millones y medio de venezolanos desterrados y les exige, sin rubor, que hagan lo que él y los suyos nunca han hecho: asumir la responsabilidad de sus propios crímenes. «Supéralo», les ordena, como si el hambre, la enfermedad, la represión y el saqueo fueran meras molestias emocionales que se disipan con un esfuerzo de voluntad. «Perdónanos», añade, invirtiendo con maestría perversa los papeles: ya no es el victimario quien debe postrarse, sino la víctima quien debe conceder la absolución sin que medie arrepentimiento, sin que se devuelva un solo bolívar robado, sin que se abra una sola celda. Y luego, el remate: «vente». Regresa a la casa que nosotros mismos convertimos en escombros, regresa a la tierra que desangramos hasta dejarla exangüe, regresa para que podamos seguir gobernando sobre tu silencio y tu olvido. Hay algo especialmente repugnante en que sea precisamente él quien pronuncie la palabra «perdónanos», el mismo hombre que en 2004 administró el referéndum que pudo haber cambiado la historia de Venezuela y lo convirtió en el primer gran ensayo del fraude. No pide perdón por arrepentimiento. Lo exige como tributo. Y desde ese día, todo lo que vino después, el éxodo, el hambre, los presos, los muertos, tiene también su firma.

La historia está repleta de estos momentos en que el poder, acorralado por su propia ruina, intenta comprar la amnesia colectiva con palabras bonitas. Los generales argentinos de la dictadura hablaron de «reconciliación nacional» mientras las Madres de Plaza de Mayo seguían caminando en círculos con pañuelos blancos. Pinochet ofreció a los exiliados chilenos «volver a casa» mientras mantenía intactos los aparatos de represión. Hasta los bolcheviques lanzaron proclamas similares a los rusos blancos, solo para fusilarlos o enviarlos al gulag una vez que cruzaron la frontera. Ninguno terminó en redención. Terminaron en consolidación del poder y en un pueblo anestesiado que aprendió a callar para sobrevivir.

Venezuela es la confirmación más dolorosa. Ocho millones setecientos mil seres humanos no abandonaron su tierra porque albergaban resentimiento. Se fueron porque el hambre se convirtió en compañera de cama, porque los hospitales se transformaron en antesalas de la morgue, porque las protestas pacíficas fueron respondidas con balas y porque la corrupción y el narcotráfico se instalaron en los salones de Miraflores como invitados de honor. Y ahora, el mismo régimen que fabricó ese éxodo monumental, el mismo que convirtió a Venezuela en el país con mayor emigración per cápita del siglo XXI, el mismo que convirtió a Venezuela en el basurero moral y económico del continente, tiene la insolencia de convocarlos de vuelta como quien llama a un perro que se escapó del patio. Los Rodríguez no son servidores públicos, son propietarios. Él tomó la Asamblea, ella se sienta en una presidencia usurpada. Venezuela no es una república, es su hacienda familiar.

«Supéralo, perdónanos y vente» no es un acto de generosidad. Es una confesión involuntaria. Es el régimen reconociendo, por primera vez en voz alta y con todas las letras, que sabe perfectamente el daño que ha causado. Sabe que destruyó un país. Sabe que convirtió a una nación próspera en un cementerio de esperanzas. Y en lugar de reparar, en lugar de rendir cuentas, en lugar de devolver lo robado y liberar a los presos, prefiere exigir el perdón como si fuera un tributo que se les debe. Es la prueba definitiva de que no han cambiado ni cambiarán. Siguen creyendo que Venezuela y los venezolanos son de su propiedad exclusiva: para saquearlos cuando les conviene, para humillarlos cuando protestan y para convocarlos cuando necesitan mano de obra barata o votos.

No, Jorge. No se supera el crimen; se juzga. No se perdona sin justicia; se exige con toda la fuerza de la memoria. Y no se vuelve a una casa que sigue siendo la escena del delito mientras los culpables siguen ocupando los mismos sillones. Tú, que deberías estar sentado frente a un tribunal respondiendo por cada elección robada, por cada preso político cuya detención aplaudiste, por cada venezolano que cruzó una frontera con lo puesto mientras tú administrabas su ruina desde un sillón de cuero, tú no tienes autoridad moral para pedirle nada a nadie. La diáspora venezolana no necesita que le perdonen nada. Es el régimen el que tiene una deuda histórica que no se salda con frases de comercial barato. Se salda con verdad, con tribunales independientes, con restituciones y, sí, con cárcel para quienes convirtieron la patria en un negocio familiar.

Hasta ese día, la única respuesta digna es la que ya late con fuerza incontenible en la conciencia colectiva: no superamos, no perdonamos y rechazamos con todo el peso de nuestra memoria la orden cínica del verdugo. Volveremos, sí. Pero volveremos para sacarlos del poder que usurparon, para votar en libertad y para recuperar, con dignidad y determinación, la patria que convirtieron en ruinas. Regresaremos el día en que Venezuela sea otra vez de todos, el día en que la frase que se escuche no sea la invitación humillante del verdugo, sino el veredicto inapelable de un país que decidió, por fin, ser libre.

 

 

 

 

 

 

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