«Merecemos que se nos diga la verdad. Lo que vivimos fue una masacre»: España pide un recuento real de los muertos

El fin de semana del 20 de marzo Juan Antonio Alguacil notó que las cifras de muertos oficiales no cuadraban. Hoy, cuando las autoridades en España anuncian con jubilo que la cifra de fallecidos cae a 367, el nivel más bajo en un mes, Alguacil, presidente de la Asociación Española de Profesionales de los Servicios Funerarios, quisiera celebrar la noticia, pero le ensombrece la certeza de que miles de victimas no han sido contadas.

Madrid, España, 24 de abril de 2020 (ND58).- Ese 20 de marzo, cuando el Gobierno Central anunciaba 108 muertes por coronavirus durante las últimas 24 horas, solo para Madrid, Alguacil sabia que sus compañeros estaban trabajando jornadas dobles, que los cuerpos por recoger sobrepasaban todo esfuerzos y que los 21 crematorios que operan en esa ciudad trabajaban a su máxima capacidad, incinerando hasta 160 fallecidos cada día. No podían más… Había que enviar los cuerpos a otras regiones.

«Ver llegar un camión cargado de féretros con personas yo creo que no lo vi en ninguna película», dijo Mónica Costales, encargada de contratación de servicios funerarios de Funeraria Gijonesa, ubicada a casi cinco horas del centro de Madrid.

«Era como ver una película de terror que nunca piensas que pueda suceder hasta que lo vives», agregó.

Un informe de la consejería de Políticas Sociales, dado a conocer este jueves, confirmó las sospechas de los trabajadores funerarios. Sólo Madrid pudo haber registrado cerca de 14.000 muertes por coronavirus en hospitales, asilos de ancianos y hogares, una cifra muy por encima de las 7.577 muertes reportadas por el Gobierno central, que se basó únicamente en los decesos ocurridos en los hospitales.

«Creemos que hay un 40 por ciento más de fallecidos por coronavirus que no están contabilizados en las cifras oficiales», aseveró Alguacil.

Las funerarias son las responsables de retirar los cuerpos de los fallecidos en los asilos de ancianos y domicilios particulares. La Unidad Militar de Emergencia realiza el traslado de los muertos en hospitales.

«Nuestros compañeros, los funerarios, se la están jugando y son los grandes olvidados en esta pandemia. Cuando entran en las salas y recogen fallecidos, son ellos los que están en el tramo final de la vida», comentó Verónica González, jefa de Protocolo y Comunicación de Funeraria Gijonesa.

El creciente número de muertes obligó a las autoridades a recurrir a empresas como Funeraria Gijonesa, ubicada a más de 300 millas del centro de la capital madrileña.

Camiones cargados con cuerpos de los restos de las victimas recorren hasta cinco horas de camino para llegar a esta empresa que cuenta con cuatro hornos crematorios, lo que la convierte en una de las de mayor capacidad en el país.

«Somos el último eslabón de la cadena sanitaria. Si el gobierno nos pide que colaboremos, lo haremos, somos como un hospital, no podemos negarnos y cerrar nuestras puertas», dijo González.

Los hornos de la Funeraria Gijonesa permiten la cremación de un cuerpo en el lapso de tres horas. En muchos de los 21 hornos que existen en Madrid la incineración requiere de hasta cinco horas, según el modelo de cada empresa.

Los cuerpos llegan en ataúdes de madera. En su interior, los restos de las víctimas yacen en sacos dobles color crema cuyo aislamiento previene cualquier tipo de fuga. Tanto el ataúd como los sacos se sellan con cintas y pegamentos especiales que impiden que se puedan abrir de nuevo.

Una vez que se cierran las bolsas y los féretros, nunca se puede volver a abrir.

«Se trata exactamente igual, con el mismo respeto, tanto a los fallecidos que no murieron por la epidemia como aquellos que vengan en un camión», dijo Costales.

El féretro se mete en cámaras de incineración. Los hornos tienen la capacidad de trabajar 24 horas al día. En los casos de COVID-19, una vez que el ataúd cruza por la pequeña puerta de acero inoxidable que sella el horno, tanto el ataúd como los restos, se desintegran juntos.

Aumentan las dudas

La histórica demanda de féretros hizo que empresarias como María Chao, directora general de Ataúdes Chao, se cuestionara la cifra oficial de muertos.

Por las pasadas tres semanas, Chao ha coordinado el envío desde Granda, al norte de España, de tres camiones cargados con 156 ataúdes cada uno a las tres morgues más grandes de Madrid.

Sumado a esos envíos, las ordenes de funerarias en localidades más pequeñas también comenzaron a apilarse.

«Nadie compra sólo por comprar. Siempre supimos que había más muertes de las cifras que leíamos en la prensa», afirmó Chao.

Las sospechas de Chao resultaron ciertas. Este miércoles la consejería de Asuntos Sociales de Madrid dio a conocer que en las residencias de ancianos se registraron 5.558 muertes por COVID-19 y otras 761 en domicilios particulares.

La revelación coloca la cifra oficial en 13.911 decesos tan solo en Madrid, cuando oficialmente esa ciudad reportaba hasta ese día 7.577 muertes por coronavirus.

La falta de claridad en los conteos ha suscitado disputas políticas entre los partidos y la sociedad.

Como líder de un gremio que acoge a más de 1,000 miembros, Alguacil narró que dieron la voz de alerta a las autoridades cuando vieron que pasaban de 15 a 65 servicios en una semana y explicó que como expertos funerarios están muy familiarizados con los certificados de defunción.

«A partir de la última semana de febrero comenzamos a notar muchísimos casos de neumonía de origen vírico desconocida. Nosotros dimos la voz de alerta, pero no tuvimos respuesta. No hubo equipo, ni ayuda. Lo que hicieron con nosotros fue una masacre», afirmó.

Pablo Casado, el líder del Partido Popular de la oposición exigió al Primer Ministro Pedro Sánchez que revelara la verdad entorno a las cifras. «Los españoles merecen un gobierno que no les mienta», dijo en la sesión televisada del Parlamento.

En respuesta, el gobierno ha dicho que revisarán los parámetros empleados para la contabilización de los muertos y han ordenado una revisión a los registros de defunción que se remontan hasta el 14 de marzo, fecha en que inició el estado de alarma en el país.

Un conteo correcto, dicen los científicos, es vital, ya que permite a las autoridades calibrar los recursos y prevenir más muertes, indica un reporte de la Universidad Johns Hopkins.

«Las cifras son engañosas completamente. Las autoridades deben tener un mínimo grado de responsabilidad y no mentir más en las cifras», exigió Alguacil.

Despedida digna

Para los empleados del gremio, los muertos no son solo números. El deseo de un conteo real es tan grande como la esperanza de que se restauren los servicios fúnebres, prohibidos desde el pasado 30 marzo.

«Nuestra labor era acompañarlos en su dolor. Recibirlos. Ahora tenemos que hacer lo opuesto y pedirles que se vayan. Estas familias ya pasaron el mal trago de perder a sus seres queridos y después verlos que no pueden despedirse con normalidad nos afecta a todos psicológicamente», agregó Costales.

En sus casi 33 años como empleado funerario, Ángel Álvarez ha acudió a tres entrenamientos de posibles escenarios de tragedia, en 2005, un preparativo para la gripe aviar, en 2009, uno sobre la gripe porcina, y en 2014, de Ebola, pero reconoce que, aunque cada simulacro le dejó una lección, lo vivido las pasadas tres semanas ha sobrepasado todo lo imaginario.

Álvarez organiza la cremación de los cuerpos procedentes de Madrid y ha tenido que realizar personalmente la recogida de hasta cinco cuerpos en un día en la propia ciudad de Gijón.

«Intento que mi trabajo no se reduzca a levantar cuerpos, sino a buscar que las familias se sientan acompañadas en su duelo. Siempre pienso qué más puedo hacer por ellos y eso las familias lo agradecen mucho», dijo Álvarez, mientras se ponía su equipo especial de protección. Minutos antes recibió una llamada para recoger dos cuerpos.

Se viste casi en automático. Frente a él, los frigoríficos guardan otros dos cuerpos. A pocos pies de distancia, los cronómetros de los hornos indican que faltan 45 minutos para que finalice la cremación de otros restos. Otro ataúd más, sellado con cinta adhesiva, es el siguiente en línea para ser incinerado.

Las cenizas de los muertos procedentes Madrid por COVID-19 son depositadas en urnas de un plástico gris, opaco y grueso, casi industrial. No lujos, no colores. Los cilindros sellados y fichados o marcados o registrados con los datos del difunto emprenden entonces el regreso a la capital.

Fuente: Latimes
Edición: Villasmil, Henry
Gráficas: Claudia Núñez / Latimes

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