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Ángel Barrios, el acordeonero que toca con el corazón

El acordeonero colombiano Ángel Barrios, que acompaña al cantante venezolano Jhonder Morales, conversó con Digital58. El acordeón interpreta lo que dictamina su corazón, dentro del terruño o en otras latitudes. En cada nota musical, se siente el sabor de la costa caribe colombiana. Así de apasionado Ángel Barrios marca huellas en la historia de la música vallenata.

Maracaibo, Zulia, Venezuela, 26 de noviembre de 2019 (Noticias D58).- De la dinastía Vega de San Juan del César, La Guajira, llegó al mundo «el pequeño gigante del acordeón».

Nació el 15 de diciembre de 1986 en Barranquilla, Colombia, cuenta con 32 años de edad y es repelente al conformismo.

Creció «en un hogar modesto, de bajo recursos», pero repleto de cariño y música por doquier. Hijo de Ángel María Barrios y Rubis Escorcia, melómanos empedernidos.

A temprana edad era arisco al ritmo musical popular, su gusto se inclinaba más hacia el pop latino, género común entre los artistas que seguía; Juan Gabriel, Juan Luis Guerra, Chayanne. «Me gustaba lo extranjero».

Amor por el acordeón

A los siete años se acabó la misantropía. «El momento de inspiración por la música vallenata surgió cuando el 21 de noviembre de 1994 tuve un sueño muy particular», reveló en entrevista exclusiva con Digital58.

Imaginó a uno de los mejores acordeoneros que acompañó al cantautor Diomedes Díaz. Narró nostálgico, con voz quebrantada: «ese día soñé con un intérprete del acordeón que se llamaba Juan Humberto Rois Zúñiga, (conocido como Juancho Rois y apodado “El Conejo”), y fue justo el mismo día que se estrelló en una avioneta en la región del Tigre en Venezuela y falleció».

Aquella escena le impactó «bastante». Aunque «rápidamente pasó a ese cajón del olvido en mi cerebro, a la edad de 10 años volví a recordar el episodio y, una tarde solitario en mi casa, decidí escuchar su música para ver si encontraba alguna razón por la cual había soñado con él. Eso hizo algo mágico en mí, inmediatamente
me encantó lo que hacía».

Tras el deleite con los pases de Juancho Rois, quedó «fascinado, enamorado y con un interés inmenso de poder tener un acordeón y poder saber cómo se hacía eso que él hacía. Ese mismo día también lloré su muerte, después de tres años».

Su primer acordeón fue de juguete, se le regaló con sacrificio y, a la vez, incertidumbre. La precaria situación económica de su familia impedía cumplir todos los deseos en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, de invertir en algún objeto para entretener, no dudaban en uno relacionado al deporte, ¡anhelaban un deportista!

En vista del desenvolvimiento con el juguete amado, sus «cuchos» confirmaron la habilidad y destreza para tocar el acordeón, aparte de ver cómo se iluminaba su rostro de alegría. «A los 15 años me regalaron mi primer acordeón real. Aprendí a hacer cosas que se estaban generando en el vallenato».

El productor y arreglista dominó el acordeón de teclado «mirando y mirando», de forma autodidacta en el colegio de la vida, «sin YouTube». Tan solo previo conocimiento de un amigo de su padre le dio nociones.

Entre risas, rememoró: «No tenía la posibilidad de pagar una academia, la opción más cercana fue trabajar con un tío, era contratista eléctrico de una cervecería en Colombia. Entré a trabajar ahí y tuve la posibilidad de estar en eventos público como ayudante. Llevaba los cables para que los electricistas conectaran las luces de las tarimas, me daba la oportunidad de ver a los grandes del acordeón y ver cómo lo tocaban. Miraba sus manos, cómo presionaban los botones, hacia dónde dirigían el fuelle. Esa fue mi escuela».

Comprendió la importancia de adquirir más saberes en la materia luego de sufrir rechazo de una agrupación que pretendía contratarle. Jamás consideró leer una partitura hasta ese entonces. Buscó el apoyo de un vecino, quien le prestó un libro de piano. Para ilustrarse, debió comparar ambos instrumentos y escuchar el sonido tecla por tecla, así descubrió las notas musicales, la manera de armar diferentes melodías.

Pese a la devoción por «El Conejo», la primera canción que memorizó resultó de los Hermanos Zuleta, «La Espinita».

Explicó: «no toqué por primera vez una canción de Juancho Rois porque lo veía muy difícil, me parecía muy complejo, sin desmeritar a los demás maestros. Pero, para mí, era muy difícil tocar algo de Juancho Rois. Dos años después de tener mi primer acordeón profesional, logré aprenderme una canción que tocaba. “Buenas Tardes” fue la primera canción que me pude aprender de él».

Vivencias en Venezuela

De cara al panorama en el país hermano, «mis padres decidieron viajar a Venezuela, a la ciudad de Maracaibo, yo no quise hacerlo; me quise quedar en mi país, ya tenía 16 años», argumentó.

Su sentido de pertenencia no le permitía emigrar, incluyendo un amor que le ató a la capital del departamento Atlántico de Colombia. «Soy muy patriota, regionalista, me encanta mi tierra y no quería dejarla. Quería seguir aprendiendo mi arte musical. También, tenía mi novia y no quería dejarla», expresó.

La discordia reinó y los cuasi suegros optaron por separarlos. Su pareja tomó otro rumbo porque «el pequeño gigante no tenía que ofrecerle». Conmocionado, «sin nada qué hacer en Colombia, mis padres me convencieron y me vine a la edad de 18 años».

De asistente de carpintería, bodeguero, albañil, a estrella de la gaita. Gracias al horario de oficina, de 8:00 a.m. a 5:00 p.m., podía practicar con el acordeón horas y horas en Valle Frío, zona donde el éxito le sonrió.

«Cerca de donde vivía estaba la sede del Tren Gaitero, uno de sus músicos me vio y me comentó que quería hacer un experimento, fusionar la música regional del Zulia, que es la gaita, con acordeón. Por lo menos, en dos o tres canciones», relató.

Prosiguió, de hecho, «preguntó si quería hacer una prueba con ellos y dije que sí. Al hacer la prueba, gustó tanto que comencé a trabajar por primera vez como músico en una organización musical. No era vallenato, pero al fin es música y me encantó. Me enamoré mucho de la gaita».

Al laborar con los gaiteros dos años, con quienes se presentó en tarimas y medios de comunicación, diversos caminos comenzaron a ampliarse. «Ahí se acabaron mis trabajos de todas esas cosas que hice en el pasado. Empecé a dedicarme a lo que me gusta».

El talentoso acordeonista se codeó «con artistas de vallenato que estaban aquí: «Binomio de Oro y Dinastía Romero», con este último trabajó. Igualmente, al lado de los 6 del Vallenato y Jean Piero, cantautor colombo-venezolano.

El gran giro

Saltó del género musical del estado petrolero a la tradicional música de caja, guacharaca y acordeón. Su alma estaba «deseosa de vallenato», hizo un gran giro.

Durante la estadía en la nación sudamericana, conoció a un joven talento maracaibero: Jhonder Morales.

La hermandad se selló. «La etapa más fructífera fue con Jhonder, cuando logramos hacer cuatro producciones, dos audiovisuales y dos en audio. En ese momento cuando presentamos la primera producción discográfica, “El sentido de mi vida”, de donde se desprendió una canción que se llama “No dudes que te amo”, logramos grabar el video en China», dijo.

Desde Medellín, después de tal hazaña, recibieron llamada de la empresa discográfica Codiscos y firmaron contrato como artistas exclusivos.

A partir de ahí, «Jhonder Morales y Ángel Barrios nos convertimos en profesionales dentro del ámbito musical, ya estábamos firmados por una casa disquera».

La suerte no estaba echada del todo. Se aproximaba un desafío, las nuevas creaciones.
«Grabamos otra producción que se llamó “Cara a Cara” y luego hicimos otra producción más que se llamó “Jhonder Morales y Ángel Barrios Live”, en ese año que la hicimos no ocurrió nada en el ámbito popular. Jhonder desistió y nos separamos. Él se fue a vivir a Estados Unidos y regresé a mi país».

Retorno

Dentro de su territorio, de la mano de Iván Ovalles, «El Rey de la Canción Inédita», continuó su carrera en el vallenato, trató a grandes de la talla de Iván Villazón y Silvestre Dangond.

Se consagró como miembro de la Cumbre Nacional de Artistas de Colombia. Participó dos veces en el Festival de la Leyenda Vallenata. «He subido puntuaciones dentro del festival, aunque no he sido coronado como Rey del Vallenato».

De 200 acordeoneros, está ubicado en la posición 26. Su trayectoria en Venezuela le ayudó a posicionarse. Al retornar a su región lo sintió.

Reencuentro

Desde hace casi un mes Barrios y Morales comparten nuevamente escenario, el contacto estaba casi perdido. «No fue en Venezuela ni en Colombia, nos reencontramos en Atlanta, Estados Unidos».

En el marco de la celebración del Día de Independencia en Colombia, el arreglista se consiguió a familiares y allegados del cantante.

«Volvimos a hablar, nos daba mucha nostalgia reencontrarnos. Luego, viajó a Barranquilla y nos reencontramos allá; nos felicitamos mutuamente porque estaba sonando lo que hicimos en el pasado, lo vimos como un llamado de Dios».

Acotó: «Durante los últimos dos años, antes del año que está corriendo, empezó a impulsarse en las redes sociales aquella grabación que hice con Jhonder», versiones de varios clásicos del vallenato al estilo de ambos.

El acordeón de Ángel acompañó de nuevo la voz de Morales, ahora en América del Norte, el pasado 28 de octubre.

«Hicimos esa presentación juntos y fue mágico, parecía como si nunca nos hubiésemos separado. A la gente le gustó y sobraron los comentarios diciendo que deberíamos volver», precisó.

Futuro de Jhonder y Ángel

Sin especificar, expuso: «Para Jhonder y para Ángel viene una nueva grabación. La vamos a empezar a hacer en enero, en Barranquilla».

A la fecha, «queda demostrar la experiencia que tiene Jhonder Morales, luego de 10 años, y la experiencia de Ángel Barrios. Reunir las experiencias otra vez, concentrarlas en un disco y mostrarlas al mundo», añadió.

Según Ángel Barrios, «lo que sea hace con amor en algún momento surge. Estamos aquí, existimos y queremos llenar al mundo de amor y música».

Redacción: García, Grisel (@burbujamedia_)
Edición: Villasmil, Henry
Gráficas: @burbujamedia_)/@villasmilhfoto

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