Niño venezolano desplazado: «Quiero regresar el tiempo y nunca haber ido a Perú»

Hoy se celebra el Día Mundial del Refugiado. Te presentamos la desgarradora historia de una venezolana desplazada que llegó a Perú y retornó a Venezuela.

Maracaibo, Zulia, Venezuela. 20 de junio de 2020 (NDG58).- El 1 % de la población mundial está en condición de desplazado o refugiado según el reporte ofrecido por Acnur divulgado el pasado jueves 18 de junio. Los venezolanos no escapan a esta terrible realidad. Es por esto que hoy, 20 de junio para conmemorar el Día Mundial del Refugiado te contamos la vulnerabilidad que padecen quienes han huido de su hogar en busca de un mejor futuro.

Esta es la historia de Gloriana Carrizo, una zuliana que migró junto a su esposo e hijo a Perú, en el 2018, y que hoy desde su hogar en Maracaibo relata todas las penurias que padecieron y la pesadilla de la que aún su esposo no despierta por encontrarse «atrapado» en Lima.

«Nuestra historia no fue tan bonita en Perú. Llegamos motivados porque según mi hermana, que ya tenía un año allá, todo era perfecto desde su punto de vista. Nos pusimos al día con los papeles; es decir, sacamos el Permiso Temporal de Permanencia (PTP). Ahí empezó la aventura de buscar trabajo, ya que según con PTP se abrían las puertas.

Yo fui la primera en conseguir empleo. Era en mi área, yo soy odontóloga. Todo iba por buen camino porque empecé a trabajar en Seguros Mapfre como asistente dental y estaría con tres colegas. Esa semana hice el trabajo de dos asistentes peruanas.

Al cuarto día, me dijeron que yo tenía que ir a varias sedes a capacitar a los técnicos, pagar mi uniforme y cubrir los gastos de traslado. Al reclamar esto, la encargada me dijo: ¡Ese es el problema de trabajar con «venecos». Tienen que agradecernos que pueden comer por nosotros!. Eso fue muy humillante.

Ahí empezó la dura realidad. Nos quedamos sin dinero y es cuando te das cuenta que en otro país le pesas hasta a tu familia y amigos, no es lo mismo que estés en una casa de Venezuela sin empleo.

Después mi esposo empezó a trabajar de albañil, algo que nunca había hecho. Los sábados (día de pago), su jefe bebía licor y a las 10:00 p.m. solo le daba 100 soles (28 dólares) por trabajar toda la semana.

Ahí no duró ni un mes. El detonante fue cuando ese hombre solo le dio 20 soles (5 dólares). Mi esposo lo arrinconó e insultó. Estaba molesto y triste porque esa era la única entrada de dinero que teníamos.

Yo conseguí empleo en una clínica. La jornada era de 12 horas. Me tuve que olvidar de mi hijo porque salía a las 8:00 a.m. de la casa y llegaba a las 10:00 p.m. Me pagaban 800 soles ($ 227), eso es menos que el sueldo mínimo establecido en 930 soles ($ 264). Allá casi nadie paga las horas extras.  Como mi familia no quería apoyarme en el cuidado de mi hijo, nos echaron a la calle. Mi excuñada y su madre nos tendieron la mano. Ese día lloré como ningún otro.

Mi esposo trabaja como albañil en una residencia. Allí fuimos los primeros inquilinos. Nos regalaron un colchón que habían recogido de las calles. Los venezolanos somos los recoge basura de Perú. Con la quincena compramos lo que necesitábamos. Luego me botaron. No me pagaron liquidación. Nadie paga eso.

Por primera vez fui ama de casa a tiempo completo, mientras mi esposo trabajaba con una buena empresa, pero no tenía permitido usar el celular. Uno de esos días mi hijo se desmayó.  No sabía qué hacer y lo llevé al ambulatorio. Allí solo me dijeron que le diera un caramelo. No nos atendieron por ser venezolanos y no teníamos seguro.

Me topé con el único peruano bueno en nuestra pesadilla. Él me ayudó, me montó en mototaxi, compró un termómetro y llevó hasta la casa. Cuando llegó el papá del niño se enteró de todo.

Sobreviví año y medio a Perú. Fue la peor experiencia que tuve en mi vida. Hoy mi hijo de 10 años me dice: “¡Mami quiero tener el poder para regresar el tiempo y nunca haber ido a Perú!”. Él quedó muy traumado.

En Lima, dos venezolanos descuartizaron a dos personas. Entonces, algunos  peruanos comenzaron pintar grafitos frente al colegio de mi chamo: “¡Chapa (atrapa) tu veneco y mátalo!” “¡Chapa a tu veneco y déjalo paralítico”!. Para Perú, los venezolanos somos culpable de todo lo que pase. Es horrible ver las noticias.

A mi niño se le pegó el acento peruano, y no dejaba que yo hablara para que no nos mataran. Él no quería salir, ni ir a la tienda porque pensaba que nos iban a matar por todos los mensajes xenofóbico.

También fui víctima de acoso sexual. Un peruano me persiguió para ofrecerme dinero para prostituirme. Me acechaba cuando llegaba al colegio de mi hijo. No aguanté más y decidí regresarme a Maracaibo.

Con 300 dólares nos devolvimos mi hijo y yo en octubre del 2019.  En Ecuador había protesta y tuvimos que caminar. Llegamos a sanos y salvo a Venezuela.  Mi esposo se regresaría en junio del 2020, pero ahora con el coronavirus todos los planes se estropearon. No ha podido reunir nada.  Ahora soy yo la que, increíblemente, estoy ahorrando desde Maracaibo para que él se venga.

Yo voy a borrar de mi memoria mi migración a Perú. Si nos toca empezar de cero, lo haremos; y si vamos a trabajar duro, también lo haremos, pero en nuestra tierra, sin aguantarle humillaciones a nadie. Si no luchamos nosotros por nuestro país, quién lo va a hacer.  Vale la pena recuperar a Venezuela».

Crédito: Marian Chávez Castro (marianchavez27) / Corresponsal Perú
Edición: Villasmil, Henry
Gráfica: Cortesía El Espectador. 

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