Orlando Pineda, el zuliano que teje un sueño imperial en Panamá con hilos artísticos del tatuaje
Cuando en 2017 el maracaibero cerró muy a su pesar el local Imperial Studio en Maracaibo acosado por la crisis económica, no imaginaba que estaba dando unas puntadas más al sueño que años atrás había comenzado a tejer.
Maracaibo, Zulia, Venezuela, 09 de septiembre de 2022 (ND58).- Sabiendo de sus grandes dotes para el tatuaje la hermana mayor, Milagros Pineda que reside en Panamá, le ofreció vivienda para que emigrara al país centroamericano donde le asegura que había trabajo para desarrollar su potencial de tatuador en el que comenzaba a despuntar como todo un artista.
Hizo las maletas y se fue, pero tuvo cuidado de llevarse entre el equipaje el sueño que había comenzado a hilar con su estudio propio y que las circunstancias le estropeaban a pocos meses de iniciado.
«Me puse en contacto con tatuadores panameños y me vine. Aquí visité varios estudios y me recibieron de la mejor manera siempre buscando aprender de todo lo que veía», relata.
Pero en esa época, quizá motivado por presiones sociales, el tatuaje era muy discreto. La mayoría se los ocultaba y era muy difícil poder verlos. Muchos tatuadores también se ocultaban y era un poco complicado avanzar con total libertad por lo que, como todo comienzo, fue difícil.
Los inicios
Eso fue en 2017. Hacía ya tres años que se había iniciado en el arte del tatuaje del cual, confiesa, se enamoró casi desde niño cuando comenzó a mostrar inquietudes artísticas con dibujos de gran calidad hechos en casa que luego mejoró con cursos de pintura al óleo.
A los 23 años tuvo el primer contacto directo con el tatuaje. Pero le inquietaba desde mucho antes. Se entretenía largas horas observando videos de tatuadores donde el resultado del trabajo artístico le impresionaba e internamente se convencía de que también podía lograrlo. A la vez lo veía como algo muy lejano pues no contaba con recursos para comenzar.
«Me topé con el tatuaje por el año 2014 en tiempos cuando pasaba un mal momento económico como la mayoría de los venezolanos en nuestro país y decidí tomar las máquinas», confiesa.
Ese día se tatuó y en charla con sus amigos artistas le convencieron para que diera el primer paso conociendo sus aptitudes con el dibujo. «Organicé mis ideas y conseguí dinero para comprar un kit básico de tatuaje. Así comencé», relata.
Después no tenía modelo que se prestara para ensayar hasta que Virginia, su hermana menor, se ofreció para que la tatuara y le hizo unas letras, que por cierto «quedaron bastante mal. Ese fue mi primer trabajo, pero era lo que necesitaba para comenzar», el contacto elemental con lo que de ahí en adelante sería el lienzo para plasmar su talento.
«No se que hubiese sido de mí si no tomo la decisión de agarra las máquinas aquel día. Hoy puedo decir que el tatuaje es todo en mi vida pues cada vez que termino uno me dejan mucha satisfacción las sonrisas de felicidad que veo en las personas cuando finalmente, se ven una pieza de mi creación en su piel», agrega lleno de orgullo.
Después de ese primer contacto Orlando comenzó a familiarizarse con las herramientas que al principio sentía como objetos extraños.
En su afán por desarrollarse, y quizá muy internamente mirando ya el horizonte profesional, comenzó a mejorar sus conocimientos buscando ayuda con tatuadores consagrados y haciendo seminarios con los que buscaba afinar los elementos básicos que traía de la pintura, para vincularlos a una superficie totalmente diferente como es la piel, transición difícil, pero que aprendió a fuerza de constancia y ganas.
«En Maracaibo fui a eventos de tatuajes donde obtuve experiencias muy bonitas. Hice mi primera exposición y gané. Eso me llenó de alegrías y grandes emociones que confluyeron en mi cabeza convenciéndome de que sí era posible llegar lejos».
Multitud de tatuajes conforman la obra de arte de Pineda, pero entre ellas resalta una del basquebolista norteamericano Kobe Bryant, una verdadera joya diseñada en la pierna del cliente.
La pandemia, un espaldarazo
Trabajando en Panamá llegó la pandemia. Durante esos días aciagos Orlando pensó que ya no tatuaría más. Todo el país estaba inmerso en la incertidumbre de saber qué iría a pasar y los problemas económicos se multiplicaron.
Pero por esas modificaciones de conducta que trajo la coyuntura de salud mundial, la gente comenzó a tatuarse y tuvo la suerte además que un amigo, quien también estaba aprendiendo, le tendió la mano orientándolo sobre cómo ser más eficiente aprovechando la calidad de sus trabajos.
«Me organicé más para atender a los numerosos clientes que coparon mi capacidad, me busqué otra persona para diseñar la agenda y eso me ayudó bastante. La pandemia trajo mucho trabajo y hacía tatuajes todos los días», revela.
A lo largo de este proceso siempre mantuvo la idea del terminar el sueño que había comenzado en Maracaibo con un estudio propio y las cosas se fueron dando como un rompecabezas que se va armando.
Tras revisar varios espacios para montarlo llegó a uno que le gustó mucho en el edificio «El Tornillo de Ciudad de Panamá». Hasta allí trasladaron todo el arsenal para establecer el reinado del tatuaje venezolano en la capital del país centroamericano.
Por supuesto le colocó el rimbombate nombre que se llevó de Maracaibo: Inkperial Art Studio. Y hoy el sueño es toda una realidad.
Ahora su hermana Milagros trabaja con él en el estudio y es pilar clave en la construcción de su imperio, sobre todo porque ella es guía en el enfoque que da a cada uno de sus trabajos.
Orlando Pineda es muestra fiel del talento venezolano que se ha dispersado por el todo el mundo, esparciendo ingenio en distintas facetas del quehacer humano sorprendiendo a cada momento con manifestaciones asombrosas.
Redacción ND58/Luis Bravo
Edición: Villasmil, Henry
Gráfica: Cortesía








